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Textos
Paràgrafos del llibre: Los envidiosos [Francesco
Alberoni] *
1.- Si la humanidad dependiera de la opinión
de los grupos, de las academias y de las asociaciones interesadas
para lograr su progreso, no habría adelantado mucho.
No obstante hay un campo que parece ser la excepción.
El de la ciencia. En esta esfera no existen jueces externos como
en la literatura, en el cine o en el arte. No existen charlatanes
que se dirijan al público. Aquí el juicio sigue
perteneciendo a los que se dedican a ese trabajo, a los propios
científicos. Los científicos son las únicas
personas autorizadas a tomar decisiones referidas a la ciencia.
Es conocido el rigor con el que actúan las asociaciones
científicas. Las más prestigiosas revistas de medicina,
de química o de física, tienen comités de
redacción extremadamente severos que no publican un artículo
que no responda a rígidos criterios de autenticidad. ¿Por
qué ellos pueden sustraerse a la envidia?
Gracias a dos mecanismos. El primero es de carácter moral
y puede compararse con la ética del deporte. Los científicos
modernos están obligados a publicar y difundir los resultados
obtenidos sin esconder nada, sin deformar nada y de manera tal
que los demás puedan repetir sus experimentos. Nadie puede
emitir un juicio definitivo sobre sus trabajos hasta que toda
la comunidad internacional realice esta verificación.
Y en la ciencia moderna, la verificación finalmente es
siempre empírica, experimental. Habrá muchísimos
que podrán refutar el experimento o defenderlo. La realidad,
la dura respuesta de los hechos, es la que, en última
instancia, decide quién tiene razón y quién
está errado. Cómo en el deporte, precisamente.
Allí poco cuenta la habilidad oratoria o la manipulación.
El segundo mecanismo es, una vez más, el mercado. La ciencia
moderna alimenta a la tecnología, cada descubrimiento
tiene una aplicación práctica. Las empresas siguen
con ojo atento el desarrollo científico, lo favorecen,
lo promueven y están siempre dispuestas a sacar partido
de los resultados. Si bien no hay un "mercado" para
las ideas científicas, hay un floreciente "mercado"
para sus aplicaciones.
Por consiguiente, también en el caso de la ciencia, los
que salvan el progreso son los "lejanos". O los científicos
lejanos geográficamente a quienes no les importan en modo
alguno las disputas de una comunidad científca en particular,
o los operadores económicos y financieros que tienen finalidades
completamente distintas. Y, justamente por eso, son buenos garantes
de la objetividad.
Lo dicho con respecto a las ciencias físicas y naturales
no es aplicable a las ciencias del hombre: psicología,
sociología, antropología y menos todavía
a la filosofía. En este terreno, las preferencias por
una teoría o por otra dependen de profundas y subterráneas
exigencias sociales, de grupos de poder, de intereses políticos
y económicos. Por esta razón puede existir una
"sociología del conocimiento", esto es, un estudio
de los factores y de los procesos sociales que hacen prevalecer
una u otra concepción filosófica o ideológica.
Por eso también estas ciencias están sumamente
influidas por la rivalidad y la envidia.
2.- Cada uno de nosotros tiene algún valor,
cada uno de nosotros tiene algún mérito. La vida
es dura, difícil, llena de insidias y de dolores. A fin
de afrontarla hemos tenido que superar pruebas extenuantes, tuvimos
que ser valientes, muy valientes. Todos hemos tratado de hacer
lo mejor posible, la mayor parte de las veces con sinceridad.
Fuimos engañados, traicionados, ofendidos. Doloridos,
hemos vuelto a levantarnos y hemos comenzado otra vez desde el
principio. No fuimos recompensados como lo esperábamos,
como lo hubiéramos merecido. (...) Nos convencemos con
facilidad de que lo que somos y lo que hemos obtenido es el producto
de nuestro mérito y, por lo tanto, es justo. El muchacho
al que le va bien en los estudios, que obtiene buenas calificaciones,
está orgulloso de ello. Todos lo elogian, le dicen que
se las ha merecido. El no se pregunta sobre los criterios de
juicio adoptados por sus profesores, los considera naturales,
universales, indiscutibles.
Pero estos criterios no son universales. En su escuela se da
gran importancia a la repetición de memoria y pasiva del
pensamiento de los clásicos. El lo hace muy bien porque
ha desarrollado una gran disposición para la obediencia,
el conformismo, el respeto. En esa misma escuela el que tiene
espíritu crítico y curiosidad por lo nuevo es castigado.
3.- Para realizar una obra verdaderamente grande y,
por lo tanto, tener un real y duradero éxito es necesario
no desearlo, no buscarlo, no obsesionarse con ello. En lugar
de eso es mejor no pensar en modo alguno en el éxito y
concentrarse, en cambio, en la calidad del trabajo apuntando
únicamente a la perfección.
Expresada de este modo, ésta parece una de esas máximas
edificantes que sirven para consolar a los desafortunados y a
los perdedores. En cambio, no se trata en modo alguno de una
máxima moral, sino que es un fenómeno real y observable.
Un fenómeno, debemos añadir, paradójico.
Porque, para alcanzar el éxito es necesario tener el deseo
de sobresalir, sentirse profundamente motivado, mirar derechamente
la meta, darse, prodigarse. Pero, por otro lado, al mismo tiempo,
hay que desinteresarse, no buscar el éxito.
* Francesco Alberoni (1991): Los envidiosos. Gedisa
editorial, Barcelona.
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ecològic) de Francesco Alberoni.
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